El día comenzó con esa incertidumbre que solo Galicia sabe generar. El cielo estaba cerrado, gris, y la amenaza de lluvia nos obligó a todos a estar pendientes del reloj. Sin embargo, lo que más me sorprendió fue la calma de ellos. Son una pareja tranquila y sencilla, de esas que no necesitan artificios para brillar, y esa misma paz fue la que aplicaron al decidir que, pasara lo que pasara, la boda se celebraría fuera.
Y la apuesta salió bien. Como si el tiempo se contagiara de su energía, las nubes se retiraron para dejar paso a un sol que nos acompañó durante toda la tarde, regalándonos una luz increíble para cada momento.
Hay algo en su forma de ser que se refleja en su gente; se nota la bondad en cada abrazo y en el cariño de todos los que les rodeaban. Fue una celebración tan auténtica y ellos disfrutaron tanto de cada segundo que, os lo confieso, volví a casa con el carrete y corazón llenos.
Os dejo con un resumen de lo que fue su día: una mezcla de paciencia, sencillez y mucho amor.