Conozco a Miriam prácticamente desde que nació. Por eso, cuando me dijo que se casaba, mi cabeza sufrió un pequeño cortocircuito: ¿Cómo se iba a casar esa “niña”? En mi recuerdo seguía siendo la muñeca vestida con su traje de baile gallego, y yo aquella niña apenas dos años mayor que la acompañaba cada mañana a la parada del autobús.
Pero el tiempo vuela, y de repente me encontré frente a una mujer radiante.
Verla así, tan feliz y tan bien acompañada, fue un regalo, aunque no voy a negar que los nervios me ganaron un poco la partida. No eran los nervios habituales de una boda; era la responsabilidad de saber que ella confiaba en mi mirada para guardar el recuerdo más importante de su vida.
Fue un día lleno de nostalgia y de alegría a partes iguales. Miriam ya no es la vecina con la que bailaba cada viernes y con la que paseaba cada mañana, pero sigue conservando esa esencia que hace que todos los que estamos cerca nos sintamos un poco más felices.